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Plasma inmune: el tratamiento que mira el mundo

La terapéutica que redujo la letalidad de la Fiebre Hemorrágica Argentina probará su eficacia contra el Coronavirus. En diálogo con Argentina Investiga la doctora Delia Enria, exdirectora del Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas, habla acerca de esta posibilidad y sostiene que “es requisito demostrar que el plasma que se extrae está libre de virus y posee una determinada cantidad de anticuerpos”.

En las décadas del 50 y del 60 las epidemias de Fiebre Hemorrágica Argentina se cobraban una innumerable cantidad de vidas hasta que la ciencia hizo su aporte y consiguió hallar un tratamiento efectivo: el plasma inmune de convaleciente que, aplicado en etapas tempranas de la enfermedad, logró reducir en forma significativa la letalidad.

El hacedor de este hallazgo fue el doctor Julio Maiztegui quien, acompañado por un grupo de profesionales, trabajó sin descanso en la contención de una situación sanitaria que desvelaba por las trágicas consecuencias del Mal de los Rastrojos, una enfermedad viral aguda grave producida por el Virus Junín y transmitida por el ratón de la especie Calomys musculinus.

En plena pandemia de coronavirus, los ojos del mundo se detienen en esa estrategia científica y el plasma inmune de convaleciente aparece como una de las promesas para tratar a pacientes afectados por COVID-19. Estados Unidos ya anunció que comenzará a aplicarlo y desde el propio Ministerio de Salud de la Nación se señaló que el Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Doctor Julio Maiztegui” (INEVH), con sede en Pergamino, trabajará en protocolos de investigación específicos.

La doctora Delia Enria es médica, trabajó a la par del doctor Julio Maiztegui y lo sucedió en la dirección del INEVH, cargo que desempeñó hasta 2018 cuando se jubiló. Hoy integra el comité estratégico de asesores en infecciones peligrosas de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Ella comenzó a trabajar con el doctor Julio Maiztegui cuando el plasma inmune de convaleciente ya se había instaurado como un tratamiento. Desde entonces, en su trayectoria como médica fue testigo y protagonista de cómo de la mano de la ciencia fue posible no solo hallar una terapéutica apropiada, sino una vacuna (la Candid I) producida en el Instituto Maiztegui- para prevenir la enfermedad. “La estrategia de Julio Maiztegui consistió en aplicar ciencia y metodología científica. Que es lo mismo que yo sugiero que se haga frente al COVID-19” señaló la especialista a Argentina Investiga.

Hoy, cuando la atención se centra en el trabajo de “Don Julio”, como lo recuerdan quienes lo vieron luchar incansablemente contra la Fiebre Hemorrágica Argentina, su testimonio cobra especial relevancia porque es la voz de una mujer de ciencia que narra en primera persona los pasos que dio Maiztegui para alcanzar este desarrollo, cuya metodología se erige como un modelo y una promesa.

–¿En qué momento de la lucha contra la Fiebre Hemorrágica Argentina comenzó a utilizarse el plasma de convaleciente para tratar a los pacientes?
–Desde que se describió la enfermedad en la década del 50 distintos grupos empezaron a usar lo que se dio en llamar “suero de convaleciente” para tratar a pacientes con Mal de los Rastrojos. Es decir, era plasma de personas que se suponía que habían tenido la enfermedad, porque las técnicas de diagnóstico eran limitadas, y se habían recuperado. Estas transfusiones no se hicieron con una metodología adecuada; probablemente hayan sido eficaces en casos individuales. En ese momento generaron mucha polémica y no lograron modificar la curva general de letalidad, que siguió siendo de alrededor del 30%.

–¿Cuál fue el desarrollo científico logrado por Julio Maiztegui para bajar ese índice de letalidad?
–El trabajo comenzó en 1965 registrando caso por caso, certificando el diagnóstico etiológico y corroborando la existencia de anticuerpos en la convalecencia. El estudio clave para reducir la mortalidad por Fiebre Hemorrágica Argentina se hizo en la década del 70, cuando se comparó la eficacia del plasma inmune, es decir plasma donde se había corroborado existencia de anticuerpos para el Virus Junín mediante una técnica de inmunofluorescencia. Se hizo un ensayo clínico controlado al azar, cuyos resultados se publicaron en 1979. El autor de esta publicación fue Julio Maiztegui y los coautores fueron Néstor Fernández y Alba Damilano. Ese fue el estudio definitivo que terminó con la controversia respecto de si plasma sí o plasma no, e inició una nueva era en el tratamiento. Ya no era usar “plasma de convaleciente”, sino “plasma inmune de convaleciente”. Y esa distinción fue central. A partir de ese momento se supo que el plasma era inmune y controlado por una técnica de reconocimiento de anticuerpos. Esa fue la verdadera estrategia de Julio Maiztegui. De ahí en más el Instituto montó su estrategia para sembrar bancos de plasma controlado y fue así como se bajó la letalidad de la Fiebre Hemorrágica Argentina.

–¿Considera que esa estrategia es replicable en el coronavirus?
–En coronavirus aún no está claro cómo se va a utilizar, porque todavía no se han desarrollado técnicas adecuadas de detección de anticuerpos o están en etapas preliminares. Probablemente la estrategia pueda ser exitosa, pero estamos frente a una enfermedad nueva y tampoco hay muchos convalecientes. Nosotros cuando elegíamos a los convalecientes, pretendíamos que ya hubieran superado la enfermedad y se encontraran en buen estado de salud para poder hacer la extracción del plasma. Es un requisito demostrar que el plasma que se extrae está libre de virus y posee una determinada cantidad de anticuerpos. Solo así podría evaluarse su eficacia si se aplicara tempranamente. Pero por ahora, en COVID- 19 la mayoría de las terapéuticas se están utilizando en pacientes con etapas avanzadas de la enfermedad. No sé si actualmente están dadas las condiciones porque no tenemos suficientes reactivos diagnósticos, ni tanta cantidad de convalecientes con buen estado de salud, y los test de identificación de respuesta inmune están en una etapa inicial, requieren validación.

–¿Esta falta de condiciones está dada por lo novedoso de la enfermedad?
–En cierto modo sí. El nuevo coronavirus fue descripto recién el 7 de enero de 2020, probar la eficacia del plasma para Fiebre Hemorrágica Argentina demandó alrededor de veinte años. La COVID-19 y el Virus Junín son muy distintos. La realidad es que viendo los ensayos disponibles todavía resta mucho trabajo científico por hacer. Con mucho trabajo podría ser una herramienta útil. Hay que hacer el trabajo que hizo Julio Maiztegui. También desde la biología molecular podrían ofrecerse respuestas. Mientras tanto, se puede ir llevando un registro de pacientes y ver si de ellos se puede obtener plasma, pero siempre que se demuestre que este tiene evidencia de adecuada respuesta inmune contra el coronavirus.

–¿Esta estrategia desarrollada por Julio Maiztegui ha sido explorada para otro tipo de enfermedades?
–Se ha intentado en todas las enfermedades nuevas que no tienen terapéutica específica, pero los resultados no han sido satisfactorios. Hubo algunos intentos en Ébola, en MERS y en Sars, pero como tratamiento indicado y efectivo la única enfermedad que yo conozco que tiene este desarrollo es la Fiebre Hemorrágica Argentina. En otras no ha quedado demostrado.

–¿Considera que es posible hallar un tratamiento efectivo para el nuevo coronavirus más allá del uso de plasma inmune?
–No lo sabemos aún. Nuestro país ha ingresado en la iniciativa Solidaridad impulsada por la Organización Mundial de la Salud que integran distintos países. Eso va a permitir contar con distintas alternativas de tratamiento y tener resultados científicamente validados. El objetivo final es llegar a tener una o más terapéuticas con eficacia demostrada lo antes posible. Pero para poder abordar esta pandemia, es necesario que los desarrollos se vayan validando científicamente de manera rigurosa.

–¿Considera que es un trabajo que no puede hacerse a contrarreloj?
–Pueden apurarse algunas etapas. De hecho, las normas regulatorias en este momento están acelerando los tiempos. Lo ideal es que los estudios sean colaborativos, que se incorporen muchos países para tener resultados más rápidamente y para que los hallazgos puedan estar verdaderamente a disposición de la humanidad. Julio Maiztegui marcó un camino.

–¿Cuál es su mirada respecto de cómo el país está abordando la pandemia?
–Considero que el país está en un buen camino, trabajando con su grupo de asesores de excelencia y siguiendo las pautas que se han generado desde la Organización Mundial de la Salud con las cuales he contribuido. Respeto absolutamente las medidas que se están tomando. Esta etapa es difícil, pero lo más complejo está por venir y tiene que ver con el modo en que vamos saliendo de esta emergencia que exigió que las medidas de distanciamiento físico fueran absolutas. Ahora debemos conducirnos hacia modalidades más flexibles, sin que eso impacte en lo sanitario y le permita al sistema de salud brindar respuestas. Es un enorme desafío que debemos asumir como sociedad.

En el contexto actual, el relato de la doctora Delia Enria tiene la particularidad de poner “la ciencia en perspectiva”. Su palabra tiene la precisión del lenguaje científico, pero también la sensibilidad de quien estuvo en la primera línea de la atención de pacientes en las épocas en que muchas personas se morían de Mal de los Rastrojos. Muchos de los desarrollos alcanzados en el control de la Fiebre Hemorrágica Argentina la tuvieron como parte esencial.

–¿En qué instancia estaba la estrategia desarrollada por Julio Maiztegui cuando usted comenzó a trabajar en el Instituto y cómo recuerda esos comienzos?
–Cuando entré al Instituto en el año 1979 ya se usaba de rutina el plasma inmune en etapas tempranas de la enfermedad. Mi primera investigación fue precisamente establecer las dosis de anticuerpos que resultaban apropiadas para tratar a los pacientes. Ese fue “mi primer hijo”. Eran épocas muy complicadas, de grandes epidemias. Me apasionó la tarea porque soy médica de alma. Los pacientes se atendían en el Instituto y trabajábamos a destajo en la asistencia.

–¿Los pacientes se atendían en el Instituto Maiztegui?
–En aquel momento el hecho de que la enfermedad estuviera circunscripta a una región permitía que los pacientes se atendieran en su gran mayoría en el Instituto. Esa centralización permitió usar plasma inmune y nada más. Era excepcional que se les diera un antibiótico. En las circunstancias actuales de atención esto es impensable. La nuestra fue una estrategia aplicada hace 40 años. Trabajábamos en un pabellón de circulación restringida y los pacientes estaban en cuarentena, algo parecido a lo que ahora sucede con los pacientes afectados por el coronavirus.

En su relato rescata el aprendizaje de aquel tiempo. Ese que le permitió tomar el legado de Julio Maiztegui para seguir sus pasos. “La tarea que desplegó Julio Maiztegui es digna de imitar. Es un clásico de la ciencia. La Fiebre Hemorrágica Argentina es la única fiebre hemorrágica viral en el mundo que se ha controlado, después del tratamiento tuvimos la vacuna. Eso no sucede muchas veces en la vida”, señala.

Y sobre el final agrega: “Creo que si sigo haciendo mi aporte a la ciencia en esta etapa de mi vida, es precisamente porque el trabajo de Julio Maiztegui ha sido ejemplar y sirve a la humanidad. Mi consejo es que siempre se apele a metodología científica. Eso lo aprendí de Julio Maiztegui”, concluye.

La doctora Delia Enria, exdirectora del Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas “Doctor Julio Maiztegui”, fue co-directora de la Maestría en Prevención y Control de las Zoonosis de la UNNOBA, cuyo director fue el doctor Alfredo Seijo. Es referente de consulta para la comunidad científica internacional por su experiencia y trayectoria en el estudio y manejo de enfermedades complejas.

Ana Sagastume
anasagastume@unnoba.edu.ar
Lorena Berro
Comunicación

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